Con profundo pesar hemos seguido de cerca el costo humano de los acontecimientos bélicos en Israel y Líbano. Resulta doloroso que estas dos naciones, unidas por la historia y un trasfondo de afinidad, hayan sido arrastradas a la actual confrontación por los designios de Teherán y Damasco, precisamente cuando la salida de las tropas de ocupación sirias alentaba esperanzas de paz y democracia en Líbano. Este país, más que ningún otro en el entorno, se perfilaba como un socio óptimo de Israel en la ruta del progreso económico y social. Por desgracia, las fuerzas del oscurantismo fundamentalista han lanzado a Líbano por un despeñadero de destrucción y retroceso en todos los órdenes, cuya primera víctima ha sido el proceso de paz entre Israel y los palestinos.
Lo que hoy ocurre es el reverso de la atmósfera de distensión reinante hasta épocas recientes en la región limítrofe. Tuve ocasión de observar los crecientes vínculos entre libaneses e israelíes en el curso de múltiples viajes que hice al norte de Israel para visitar a mi hijo, que trabajó en un kibutz de la zona de 1988 a 1995. Muchas veces me hospedé en Metula y en Kiryat Shmona, ciudades que hoy día reciben atención de la prensa por ser blanco de los cohetes de Hezbolá.
En Metula, sobre todo, donde operaba la Buena Puerta, instalación que permitía el tránsito de personas y vehículos entre los dos países, notaba el gran número de personas que cada día se trasladaba desde Líbano para laborar en fábricas, construcciones y actividades ligadas a la agricultura en Israel. En los cafés y restaurantes del área conocí a libaneses que llegaban con frecuencia, muchos en autos de lujo, a recoger correo de las casetillas postales que poseían en el lugar y atender sus negocios.
Vuelco. El clima de confianza que entonces prevalecía se opacó conforme el radicalismo islámico se adueñó de Líbano. Israel abandonó en el 2000 la franja de seguridad que mantenía en Líbano, paralela a la frontera, medida que el entonces primer ministro israelí, Ehud Barak, creyó promovería la paz. En realidad, resultó un lamentable equívoco, porque los terroristas lo vieron como una manifestación de debilidad. Algo similar sucedió recientemente a raíz del desalojo de Gaza, que el grupo extremista Hamás, apéndice de Hezbolá, festejó en señal de victoria.
Y es así como Líbano, por mucho tiempo conocido como la Costa Azul del Cercano Oriente, se encuentra hundido en un ciclo de violencia que no perfila desenlaces fáciles ni rápidos. La inestabilidad no es nueva para ese pueblo; surgió durante la década de 1970 a causa del rompimiento del equilibrio étnico y religioso que, a partir de la independencia de Francia, en 1945, le permitió prosperar en relativa calma. Cristianos maronitas, musulmanes -tanto sunis como chiitas- y drusos mantenían sus respectivas áreas de influencia en la sociedad y gobierno. Y, frente a la turbulencia endémica de los vecinos árabes, Líbano devino en centro principal de las finanzas y comercio de la región así como fuente refinada de cultura, nutrida por ricas influencias levantinas y europeas.
Guerra civil. El panorama libanés cambió drásticamente con el arribo masivo de árabes palestinos, encabezados por Yaser Arafat y su OLP, que fueron expulsados de Jordania en 1970 y 1971 a raíz del intento de Arafat por derrocar a la monarquía jordana. Asentados mayormente en la parte meridional del nuevo país anfitrión, Arafat y los suyos no tardaron en atizar hostilidades entre musulmanes y cristianos, pugna que desembocó en la muerte de miles de maronitas a manos de palestinos y musulmanes libaneses. Tristes episodios, como el asesinato del presidente Pierre Gemayel y la degollina perpetrada en Damour, sellaron el secuestro de Líbano por la OLP.
Con la guerra civil desatada por obra de los radicales palestinos, Arafat se ocupó de intensificar también la campaña terrorista contra las poblaciones del norte de Israel. Una cadena interminable de atentados cruentos, incluyendo matanzas de niños, mujeres y ancianos, obligó la reacción militar de Israel que culminó con la expulsión de la OLP en 1982. Entre tanto, Siria impuso su mando en Líbano hasta convertirlo en una colonia de Damasco.
Califato fundamentalista. Bajo el patrocinio de Siria y con amplio respaldo iraní, el movimiento fundamentalista Hezbolá creció en el sur libanés y el Valle de Beeka, extendiéndose hasta la capital, Beirut. Una compleja red de túneles, similares a los del Viet Cong, conecta el imperio del movimiento jomeinista en Líbano. Hoy, Hezbolá semeja un tumor maligno enquistado en todas las facetas de la vida libanesa. Asimismo, a partir de 1983, ha perpetrado una notoria campaña terrorista en todo el planeta. No en vano, Hezbolá fue el modelo seguido por bin-Laden para desarrollar al-Qaeda. Su poderío militar, reforzado con oficiales de la Guardia Revolucionaria iraní y armas modernas suplidas por Teherán a través de Damasco, ha sido clave para consolidar su protagonismo en el terrorismo global y, al mismo tiempo, endurecer el secuestro de Líbano donde quien manda es Hezbolá y no el nominal gobierno electo. Como ha sido ampliamente señalado, Hezbolá es un Estado dentro del cual opera el sistema político libanés.
Sin embargo, no es solo Líbano lo que hoy está en juego. La lucha que Israel libra contra Hezbolá enfrenta dos filosofías totalmente opuestas. Se trata de un choque de convicciones de cuya definición pende el futuro de la región y quizás del mundo. Nada menos que la valoración de la vida humana misma se disputa en la legítima defensa emprendida por Israel contra los propósitos tenebrosos de los clérigos fundamentalistas. En las tradiciones judeocristianas, la vida humana es sagrada y preservarla constituye un imperativo. Muy distinta es la ideología de Jomeini y sus seguidores que exalta y glorifica la muerte. Los kamikazes de hoy se autoinmolan para segar vidas inocentes, convencidos de que morir masacrando concede el premio máximo de ingresar al paraíso y disfrutar ahí de placeres sexuales.
El jeque Nazrallah, procónsul sirio en Líbano y jefe máximo de Hezbolá, explicó a periodistas occidentales el objetivo central de su movimiento: ser la punta de lanza del fundamentalismo islámico para imponer un califato global, empezando por Levante. La condena expresa de Hezbolá como causa del presente enfrentamiento, formulada públicamente por importantes Gobiernos árabes, evidencia claramente los temores que prevalecen en la zona de cara a la marcha incendiaria de Irán y sus encomendados. Ojalá no sea muy tarde para detenerla, en bien de Líbano y la humanidad.
This article appeared in La Nacion on July 30, 2006.