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La paz esquiva

Jaime Daremblum

La conferencia para la paz en Siria, iniciada la semana antepasada en el centro turístico suizo de Montreux, ha sido hasta la fecha parca en resultados concretos.

La ausencia de declaraciones sobre la marcha del diálogo entre el régimen sirio de Bashir al Assad y los representantes del movimiento armado opositor no han superado aquellas circunscritas a la mecánica de cómo finalmente se sentaron las delegaciones.

Una comunicación sobre un alentador acuerdo para socorrer a los habitantes de Alepo, cercados por el Ejército sirio y sin acceso a alimentos ni servicios médicos, se esfumó poco después porque Assad no cumplió con su parte del compromiso para permitir el acceso de la Cruz Roja y otros organismos humanitarios a esa ciudad. Por el contrario, Bashir expresamente canceló la operación y ordenó intensificar los bombardeos aéreos contra esa ciudad, ya mayormente destruida.

La realidad del conflicto en Siria se mide hoy por miles de refugiados, muertos y niños fallecidos como consecuencia de epidemias. Para la mentalidad perversa de Assad lo único que importa es preservar el poder, heredado de Hafiz al Assad, su difunto padre y fundador del actual despotismo. Hafiz, por cierto, mandó asesinar con armas químicas a 20.000 pobladores de una zona insurrecta. Esto nos da una idea sobre el apego de Bashir a las armas químicas.

El problema fundamental de las actuales conversaciones es que nacieron fallidas. El objetivo de los insurgentes ha sido deshacerse de Assad, quien, por su parte, intenta proseguir las negociaciones de manera indefinida para proteger su dictadura.

El choque entre las metas de las partes no permitirá avanzar más allá de las ofertas huecas de Assad y las ilusiones de los insurgentes sirios.

El esquema es de vieja data y recurre por el deseo de las grandes potencias de librarse de un problema más en su apretujada lista de crisis. En el presente caso, la iniciativa tomó vuelo gracias al respaldo de Estados Unidos y sus aliados europeos. El ruso Vladimir Putin también patrocinó, regocijado, la iniciativa porque sabía de antemano su curso y destino. Se agrega actualmente que la Casa Blanca, como norma férrea, es adversa a despachar tropas para involucrarse en conflictos internacionales.

Posiblemente, Putin discutió el tema con Assad, quien depende de Rusia para las armas y el apoyo político para persistir en una guerra interna que, por ratos, presagia volcarse a su favor. Las pugnas entre sus opositores son foco de discordias y parejas al arribo de guerrilleros y toda suerte de yihadistas, a los que debe añadirse el influjo de centenares de jóvenes norteamericanos y europeos que corren a Siria para cumplir sueños de James Bond.

Este fenómeno no gana amigos en Occidente y alienta la impopularidad de un conflicto indeseable.

Sobre todo, Assad ha comprendido que un proceso de negociaciones es un escudo infalible para evadir compromisos. La palabra mágica es “proceso”, a cuyo abrigo podría saltarse los límites actuales del conflicto. Combinado con sus denuncias de que la guerra en su país es producto de agitadores y delincuentes extranjeros, el proceso le hará más fácil ajustar la marcha de las negociaciones.

Siria posee una moderna flotilla aérea que le ha proporcionado una ventaja marcada en la lucha y las mentes de sus adversarios. Un paso innovador ha sido el lanzamiento de barriles dotados de poderosos explosivos, clavos, vidrios quebrados y otros elementos que acentúen su impacto mortal en comunidades y barrios donde los insurgentes suelen refugiarse.

Al final de cuentas, y debido al irreconciliable choque de objetivos del régimen con los de la oposición armada, las negociaciones continuarán un tiempo, marcado por los resultados de la guerra.

Lástima que no hay actualmente un espacio para iniciar la construcción de la paz.