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Turkey's Prime Minister Recep Tayyip Erdogan (C) in Ankara on January 30, 2013 (ADEM ALTAN/AFP/Getty Images)

Los frutos de la arrogancia

Jaime Daremblum

La arrogancia es un pecado muchas veces mortal para quienes ejercen o aspiran a altos cargos en una democracia. El primer ministro de Turquía, Recep Tayyid Erdogan, sufre ahora los efectos de la altanería que ha caracterizado su carrera pública, sobre todo en años recientes.

Su altivez lo ha llevado a cometer desplantes groseros en público y hasta en foros internacionales. Lamentablemente, el daño a su persona y a su país se acrecienta en cada instancia.

Erdogan, a lo largo de la década en que le ha correspondido ejercer el poder en Turquía, acumuló dividendos políticos por su meritoria obra en el orden económico. Sus reformas liberalizadoras posibilitaron a su nación disfrutar de una notable pujanza material alentada en gran medida por el clima de prosperidad en los mercados globales. No obstante, hoy día esa atmósfera ha desmejorado y golpea los bolsillos de la ciudadanía.

Antes, también contribuyó a su popularidad haber alentado un sistema musulmán atenuado que una mayoría cívica deseaba. Menos visible fue la purga de jueces, jefes policiales, maestros y los mandos de las fuerzas armadas.

El milagro. La admisión de Turquía a la Unión Europea (UE), vetada durante largos años por importantes Gobiernos, ahora parece difunta. Turquía ha sido miembro de la OTAN desde los inicios de la Alianza lo cual, obviamente, no ha impedido la negativa europea a una integración plena.

Formadores de opinión consideraron clave para los pasos iniciales de Erdogan el apoyo de los seguidores de Fethulla Gülen, místico, moralista y panegirista de una doctrina mahometana liberalizada y compatible con la democracia. Los partidarios del místico turco, ahora radicado en Pennsylvania , conforman un numeroso movimiento que se extiende hasta la alta jerarquía del orden político.

El llamado “milagro turco” parece haber llegado a su final en diciembre pasado, cuando las rivalidades entre Erdogan y Gülen y una avalancha de escándalos alrededor del primer ministro, su familia y amistades, socavaron los logros institucionales y el liderazgo del gobernante turco, opina el historiador Christopher de Bellaigue en el New York Review of Books.

Una ola de despidos por sospechas en torno a la adhesión al movimiento del místico, unida a crecientes episodios de corrupción, han fomentado el fenómeno como tema central de la prensa.

La escalada de revelaciones sobre la corruptela promovida por Erdogan y los suyos, acorrala hoy al gobernante. Pruebas sobre confabulaciones entre Erdogan y su hijo para esconder los frutos de un asalto a las arcas estatales, han encendido el furor ciudadano.

Despotismo. En el curso de la reciente investigación de un alto funcionario por negocios turbios con el Estado, las autoridades encontraron en su domicilio cajas de zapatos repletas de billetes por un monto de $4,5 millones. Ese fue tan solo un ejemplo de las numerosas revelaciones de los diarios y la televisión sobre las andanzas de Erdogan y sus parientes con cargo a las arcas públicas.

La reacción del Primer Ministro era predecible. Con métodos similares a los de Chávez y Maduro, en Venezuela, Erdogan ha pretendido frenar a los propietarios y periodistas de hacer públicas las noticias adversas al gobernante y su familia.

Esta ruta no ha tenido el efecto esperado por el Gobierno, en gran medida, gracias a las redes sociales.

Consecuente con la senda autoritaria que ha escogido, en días recientes Erdogan impuso a Twitter una prohibición para operar en Turquía; sin embargo, fue totalmente ineficaz. Incluso, una acción judicial fue planteada esta semana contra la medida de bloquear esta red social en el país.

Es dudoso que prospere, pero Turquía no deja de sorprendernos. Las redes sociales y otras vías de aternas de transmisión frustraron el intento.

El capítulo de Twitter ha provocado de nuevo un monumental repudio de la ciudadanía, incluso del presidente turco. Las imágenes de la quema de libros hitleriana nutren el rechazo general, incluso mundial, a los pasos despóticos del gobernante.

Posiblemente, los escándalos no se agotarán con el actual desastre. En el plano político, las elecciones locales serán a finales de este mes y las presidenciales miran a dos años más. Antes del diluvio se especulaba que Erdogan sería candidato a la presidencia a fin de soslayar la prohibición legal de ser, por quinta vez, primer ministro. Tan feliz desenlace luce cada día menos probable.

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