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La Encrucijada de la OEA

Jaime Daremblum

A pocos días para elegir al secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), difícilmente podría encontrarse un ambiente de mayor indiferencia. Lo que normalmente sería una vorágine de actividad diplomática, está convertido en un evento de bajísimo perfil, casi invisible. A este paso, con costo asistirán cancilleres. Hoy en día, la reacción generalizada a la mera mención del organismo, es un prolongado bostezo.


 


Esto constituye un indicio desalentador. De hecho, cuesta encontrar alguien, aunque debe haber por ahí algún alma optimista sin remedio, que piense favorablemente de la OEA, de su rumbo actual y de su timonel. La relativa falta de interés en la elección más bien sugiere que los potenciales líderes y los Estados miembros estiman sin remedio el problema y las inmensas dificultades que conllevaría enderezar el rumbo.


 


De hecho, esa fue la línea argumental, contundente y nada caritativa, del presidente Óscar Arias cuando dijo a la prensa que no le interesaba una postulación a secretario general porque, según un comunicado de Zapote, la OEA es una institución muy débil.


 


Irrelevancia. La realidad es que la mayoría de los actores y observadores del sistema interamericano, sin importar diferencias ideológicas, parecen haber arribado a la conclusión de que la OEA está en riesgo de volverse irrelevante como el foro político preeminente del Hemisferio. De ahí que ante la abulia generalizada, la reelección del chileno José Miguel Insulza en la Secretaría General se ve casi segura.


 


Abundan ejemplos que corroboran la crisis que enfrenta la OEA. Desde un fuerte informe, Multilateralismo en las Américas: Empecemos por arreglar la OEA, rendido por el influyente senador Richard Lugar al Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense, hasta la decisión de los países de la región de crear un organismo competidor, de pomposo nombre, solo que con Cuba y sin Estados Unidos y Canadá, corroboran la crisis.


 


También se podrían citar los llamados de influyentes medios a que se le corten los fondos, o los de analistas respetados pidiendo cerrarla. El punto básico es que nadie, de ningún signo excepción hecha de Hugo Chávez y su comparsa siente que la entidad esté cumpliendo su misión a cabalidad.


 


El autogol desde media cancha que la OEA se anotó en Honduras al renunciar a la diplomacia justo en el momento en que esta más se necesitaba, ha sido el más evidente error. Pero esto se ha agravado por los dobles estándares seguidos por la OEA, bajo la errática conducción del secretario Insulza, y el evidente influjo de mayorías automáticas con una agenda ideologizada y sin ninguna relación con los principios básicos del Sistema Interamericano. Serios problemas de violaciones a principios constitucionales se han dado en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, para citar unos casos que fueron convenientemente ignorados.


 


De hecho, tuvo que ser la Comisión Interamericana de Derechos Humanos la que, recientemente, viniese a denunciar las graves violaciones a los derechos humanos y constitucionales que se están dando en Venezuela. ¿Y cuál fue la reacción de Insulza cuando el Gobierno venezolano atacó ferozmente a la Comisión por ese dictamen? Una respuesta timorata, alegando que no podía inmiscuirse en el trabajo de la Comisión, como si respaldarla con firmeza en su trabajo fuese una intromisión.


 


Dictadura de minorías. Es claro que parte de las limitaciones de la OEA provienen de su propia estructura, así como de la práctica de tomar las decisiones por consenso, lo cual implica que en su Consejo Permanente impere la tiranía de la minoría, pues un solo país puede impedir que se adopten decisiones.


 


Se adiciona a esta mixtura la espesa burocracia de la Organización. Aquí Insulza tiene una enorme cuota de responsabilidad. Una acción decidida logró reducir el número de funcionarios y racionalizar los salarios de los altos mandos en el 2004. Pero entre 2005 y 2008, Insulza destruyó ese avance: no solo aumentó la planilla una cuarta parte, sino que, además, restituyó los salarios exagerados para los jerarcas, todo ello a un costo adicional de más de $15 millones anuales.


 


La consecuencia es que la OEA enfrenta un déficit exorbitante este año, y si no logra aumentar significativamente las cuotas (difícil ante semejante derroche), o encontrar un tío dadivoso, Insulza tendrá que recurrir a despidos masivos.


 


En las actuales circunstancias hemisféricas, la OEA sigue siendo una institución necesaria. Hay que destacar el trabajo de su sistema de derechos humanos y de órganos como CICAD y CICTE para la cooperación en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, que sí sirven. Por eso mismo, urge sacar a la institución del foso en que la han metido sus desaciertos, lograr que vuelva a ser capaz de acción diplomática relevante, fortalecer sus órganos eficientes y poner en raya a los que son peso muerto. Pero eso implicaría corregir el rumbo de inmediato, lo cual resultaría remoto esperar de Insulza. Esperemos que esta vez los Estados miembros tomen decisiones basadas en el interés hemisférico y actúen cuando todavía asoma algún espacio de acción depuradora.


 


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