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Los Talibanes y Disney

Jaime Daremblum

Un recluta de escasos 22 años de edad está en el ojo de la tormenta que ha desatado en Washington la divulgación por Internet de más de 90.000 documentos secretos del Departamento de Estado y el Pentágono sobre la guerra en Afganistán.

Al descubierto quedaron los nombres y direcciones de informantes afganos, protocolos de comunicación interna y muchos otros detalles que presagian mucha sangre, sudor y lágrimas para las fuerzas norteamericanas desplegadas en ese complejo país y para aquellos afganos que de alguna manera colaboran con ellas.

Pero, además del escándalo por la información contenida en esos archivos, la furia también gira en torno al increíble error de darle licencia (clearance) de seguridad a un inmaduro soldado, carente de rango y experiencia en las tareas altamente confidenciales que se le encomendaban y que le dieron pase para hurgar en recónditos arcanos de la diplomacia y la guerra.

Episodios así son de muy vieja data. Los antiguos romanos los calificarían como una doble culpa, culpa en elegir y culpa en vigilar. Lamentablemente, todo —o casi todo puede ocurrir en agigantadas burocracias, cuyos mandos y decisiones se diluyen y entrecruzan conforme descienden a los niveles más bajos, donde las órdenes y su ejecución llegan muchas veces sin brújula.

Cinta de Disney. En el caso que nos ocupa, al presunto autor, asignado a una división de inteligencia en la embajada norteamericana en Bagdad, le correspondía revisar cierto tráfico restringido de comunicaciones concernientes a la lucha en Iraq. Lo que los superiores no hicieron fue leer cuidadosamente los antecedentes de Bradley Manning (nombre del personaje) que habrían revelado su talento especial para manipular e invadir archivos ajenos en la Internet.

En la jerga anglosajona, a gentes así se les llama hackers, y Bradley era un hacker que se dio gusto navegando por aguas prohibidas. Era como si de repente, una de las simpáticas cintas de Disney sobre niños genios que hacen estragos en el Pentágono, se tornara realidad.

Sin embargo, lo que ocurrió no fue chiste. Conforme Manning se adentraba en ámbitos prohibidos, contactó a colegas de mañas, especialmente en Boston, con quienes orgullosamente comparó notas y hazañas. Finalmente, descargó sus hallazgos en discos compactos, camuflados con etiquetas de Lady Gaga, que hizo llegar a WikiLeaks, un sitio en la red especializado en publicar secretos de Estado. Y fue así como hace pocos días WikiLeaks dio a conocer a millones de interesados los secretos recogidos por Bradley, compartiéndolos previamente con varios importantes diarios estadounidenses.

El FBI llegó con rapidez a la fuente de la propalación y sus conexiones. Sin embargo, el escándalo que desató ha agravado el momento difícil por el que pasa la administración de Barack Obama debido al creciente pesimismo de la ciudadanía y de congresistas demócratas— con respecto a la guerra en Afganistán.

Al alto número de bajas estadounidenses se ha sumado ahora un inventario pormenorizado de tropiezos, entre ellos, el que los talibanes cuenten con santuarios en zonas paquistaníes limítrofes con Afganistán. Este arreglo le ha permitido a los talibanes reponerse cómodamente y, una vez saciada el hambre y superada la fatiga, regresar vivificados al otro lado de la frontera y reemprender con mayor energía su campaña cruenta contra las tropas norteamericanas. Es decir, Paquistán, beneficiario de inmensa ayuda financiera y militar de Washington, aloja y protege a quienes derraman la sangre de estadounidenses.

Las FARC. La protección a los talibanes trae a la mente un caso parecido y no menos grave en nuestro hemisferio. Las FARC, un grupo guerrillero narcoterrorista que ha causado tanto dolor en Colombia, recibe asilo y protección de Venezuela, donde disfruta de decenas de campamentos para reponerse y después volver fresquitos al territorio colombiano a continuar sus fechorías.

La permanencia de este conglomerado funesto en Venezuela se ha traducido en negocios multimillonarios de drogas, secuestros y asesinatos, en sociedad con oficiales venezolanos cercanos a Hugo Chávez y agrupaciones como Hezbolá, el Ejército Revolucionario Irlandés y la ETA. El palmarés quedó retratado en los ordenadores de cabecillas de las FARC obtenidos por Colombia. También el Departamento del Tesoro norteamericano, que persigue el narcotráfico y el lavado de dinero proveniente del crimen, ofrece un panorama no menos alarmante del maridaje de Hugo Chávez con las FARC.

Las FARC y los talibanes están hermanados en una comunidad de objetivos y métodos. Ambas agrupaciones comparten, además, el involucramiento en el narcotráfico y el padrinazgo que las ampara en las fronteras, respectivamente. Por supuesto, esto ya no es material para una cinta de WalDisney. En cambio, Oliver Stone les daría trato de héroes, como lo hizo con Hugo Chávez. Tal para cual.

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