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Tango en Santa Marta

Jaime Daremblum

Aunque es tierra de la cumbia, del vallenato y de un sensual aire caribeño, Santa Marta presenció la semana anterior un tango cuidadosamente interpretado por los presidentes de Colombia, Juan Manuel Santos, y Venezuela, Hugo Chávez. Y a este le tocó seguir el ritmo marcado por Santos, como fue evidente para todos los observadores.

Todas las concesiones significativas las hizo Chávez. Empezó por deshacerse en protestas de que no apoya a las guerrillas narcoterroristas de las FARC: Lo ratifico (’) el Gobierno venezolano ni apoya, ni permite, ni permitirá, presencia de guerrilla, de terrorismo ni narcotráfico en territorio venezolano.

Siguió el compromiso de pagar cerca de $800 millones adeudados a exportadores colombianos y de reabrir los lazos comerciales que había cortado. De postre, el trago amargo de desdecir incontables horas de verborragia acerca del convenio Colombia-EE. UU. sobre bases militares, declarando que es asunto soberano de su vecino.

Una retirada en toda la regla para el excomandante. A alguien tenía que culpar, y como era de esperar la emprendió contra el expresidente Álvaro Uribe, incluso contrastándolo con su predecesor, Andrés Pastrana. Lo que se guardó mucho de recordar es que él ha atacado a Santos con más ferocidad que a Uribe, en particular por diseñar el bombardeo que acabó con Raúl Reyes en Ecuador.

En todo caso, Uribe tuvo buena parte en alentar el retroceso chavista, al poner sobre la mesa pruebas incontrastables de la presencia de las FARC en Venezuela. Sorprendido por la jugada de última hora, el teniente coronel no pudo desarmarla y quedó en evidencia. Hasta sus amigos de Unasur, como Argentina y especialmente Brasil, y el propio Fidel Castro, sabían que la torpe respuesta de romper relaciones diplomáticas y amenazar con una guerra no iba a contrarrestar jamás ese golpe.

Chavismo debilitado. Pero lo que más torció el brazo de Chávez, orgulloso y temperamental como es, fue una cosa terca y dura llamada realidad. Desde hace un tiempo, concretamente desde los acontecimientos en Honduras, el chavismo perdió impulso expansivo y la corriente le es hoy adversa, en todos los frentes. A esos problemas externos se les han sumado crecientes problemas internos.

Se estima que la economía de Venezuela se reducirá un 3,4% este año, lo que ya no es achacable a la crisis internacional. La industria petrolera tiene severos problemas estructurales.

Los racionamientos eléctricos fueron norma por meses. La inflación ya supera el 35% anual y golpea de modo particular a los más pobres, que históricamente han apoyado a Chávez. Para colmo, el escándalo Pudreval lleva meses y meses de evidenciar la incapacidad del régimen para las tareas más básicas: miles de toneladas de comida importada por el Gobierno se han podrido en los muelles porque no fueron capaces ni de desalmacenarla.

Atacar a un supuesto enemigo externo para desviar la atención de los problemas internos, es el truco más viejo de los autócratas (recordemos el río San Juan). Emprenderla contra Colombia ha sido usualmente un truco rentable en Venezuela, y viceversa. Pero esta vez falló y fue contraproducente. La reacción popular fue contraria a lo esperado: la sensación de que como si no bastasen los problemas que enfrentan los ciudadanos, a Chávez se le ocurría agravarlos buscando una guerra.

Habiendo fallado esa fumarola y con su popularidad en los niveles más bajos de los últimos 11 años, en un contexto de elecciones legislativas muy cercanas (previstas para el 26 de setiembre), Chávez no tenía más remedio que tragarse el orgullo y pagar el precio necesario para normalizar las relaciones con Colombia y simplificar sus problemas. ¿Cuánto tiempo durará eso? La experiencia indica que solo mientras le resulte conveniente.

Es difícil creer que el presidente Santos se haga ilusiones sobre esto último. Él ha sido también un fuerte crítico de Chávez y su autoritarismo, pero tiene fama de pragmático y tenía poco que perder y mucho por ganar en su acuerdo con Chávez.

Para empezar, recuperar aunque sea una parte de la factura de $800 millones que los exportadores colombianos no podían cobrar, es un logro que los empresarios deben estarle agradeciendo al nuevo presidente.

Eso se complementa con reabrir lazos comerciales que implican miles de millones de dólares anuales para sus productores y cerca de medio millón de empleos.

Tercero, forzó a Chávez a distanciarse, al menos en las formas, de las FARC y dejar la escena internacional preparada para, en el momento que se aparte mucho de esa promesa, imponerle un alto costo diplomático.

Como dividendos adicionales, la oportunidad le sirvió a Santos para empezar a forjarse su propio perfil y, de paso, diferenciarse de Uribe, el principal patrocinador de su elección. Asimismo, solventó de momento un problema externo para concentrarse en sus prioridades internas. En ese tango cuidadosamente escenificado en Santa Marta, Santos fue el claro ganador y a Chávez le convenía seguir el paso. Es tremendamente llamativo que a la madrina natural, la OEA, ni siquiera la invitaron al baile. Una prueba más de su creciente e infortunada irrelevancia.

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