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Un Té Amargo

Jaime Daremblum

Un fantasma recorre Estados Unidos: el fantasma del Tea Party, un movimiento popular que ha congregado a multitudes insatisfechas con Washington, con las cúpulas y su manera de hacer política. Pero las fuerzas sociales que lo integran, sobre todo, han actuado enfurecidas por los generosos rescates financieros de bancos y grandes empresas, así como por otras medidas disparadoras del gasto público con su potencial de nuevos impuestos que impulsa la administración de Barack Obama. Entre tanto, la economía languidece y el desempleo no cede.

Si bien incluye a muchos demócratas, el Tea Party gravita hacia el Partido Republicano y sus fórmulas más conservadoras. Su nombre es simbólico, sin duda un tributo a los valientes colonos que se rebelaron contra los impuestos decretados por la monarquía británica y quienes, con sus acciones, aceleraron la independencia estadounidense. De esta forma, su denominación subraya también el derrotero de cambiar el statu quo político mediante el poder popular.

Influencia arrolladora. Su influencia ha sido arrolladora, un té muy amargo para una creciente lista de prominentes candidatos y oficiales del establishment, súbitamente desprovistos de sus sinecuras por obra de estos revoltosos. Un caso notable: Scott Brown, postulante republicano en los dominios liberales que respaldaron por décadas a los Kennedy, iba a la zaga en una lucha cuesta arriba por la vacante del finado senador Ted, hasta que el Tea Party cambió la situación y el ceniciento, al toque de las 12 horas, se tornó vencedor.

Otro ejemplo más reciente. Hace pocas semanas, Joe Miller era desconocido para los votantes de su estado y ni se diga fuera de este. Hoy es tema obligado en los talk- shows políticos como testimonio del movimiento que está estremeciendo la vida política estadounidense, tras derrotar a la senadora que aspiraba a la reelección, Lisa Murkowski, en la convención del Partido Republicano en Alaska.

Miller tenía una enorme desventaja en recursos económicos para su campaña, además de un currículum en el que las líneas políticas más destacadas eran haberse desempeñado como asesor legal, a medio tiempo, de la alcaldía de su pequeño condado y funcionario judicial, también en jornada parcial. Frente a estos obstáculos, aparentemente insalvables, solo tuvo una ventaja. Le bastó el apoyo, al cierre de la campaña, de Sarah Palin, exgobernadora de Alaska, excandidata a la vicepresidencia y estrella rutilante del Tea Party.

Que son una fuerza por tener en cuenta lo probaron, una vez más, con la reciente manifestación masiva en la capital estadounidense, convocada por su otra gran estrella, Glenn Beck, un conductor de programas televisivos y radiales muy conservadores. Según estimaciones moderadas, al menos 300.000 personas acudieron a Washington D. C. desde todos los confines para oír a Beck y a Palin.

Particularmente temibles. Es posible, aunque aún no existen mediciones al efecto, que los miembros del Tea Party sean un porcentaje relativamente pequeño de la población estadounidense. Pero su capacidad de movilización y la furia que los inspira los hace particularmente temibles. Este potencial se hace aún más relevante en los procesos internos de elección, en los cuales la participación total de votantes es menor y, por tanto, se eleva el impacto de cualquier grupo altamente motivado a participar.

Miller es solo el más reciente ejemplo del fenómeno. En Nevada, el apoyo del Tea Party hizo que Sharon Angle ganase la primaria republicana a pesar de sus extrañas posiciones. En Kentucky fue clave para el triunfo, también en las primarias de ese partido, de Rand Paul, hijo del representante Ron Paul, quien fue candidato presidencial. Y en Florida, apoyado por el Tea Party, Marco Rubio logró crecer como la espuma contra el gobernador republicano del estado, Charlie Crist. Alguna vez considerado presidenciable, Crist se vio forzado a dejar el partido, ante la imposibilidad de ganar la convención, y postularse al Senado como independiente.

Si dentro del Partido Republicano el Tea Party ha causado lluvia, tal parece, a la luz de los sondeos, que al Partido Demócrata le espera un verdadero huracán en las elecciones de medio período por realizarse en noviembre. Hoy los demócratas están en grave riesgo de perder su mayoría en la Cámara de Representantes, pero, además, conforme pasan los días, parecen aumentar las posibilidades de que también la pierdan en el Senado, a pesar de que en ambas Cámaras obtuvieron una lujosa mayoría en las elecciones de hace dos años.

La situación de los demócratas es tal que, según el New York Times, en una medida desesperada para tratar de defender su mayoría en la Cámara de Representantes, están por privar del apoyo financiero a los candidatos que consideran sin posibilidades de conservar el puesto.

Este recorte les permitirá destinar dichos recursos a otros miembros que están en serios problemas, pero con mejores posibilidades de reelegirse.

Lejos del Obama. ¿Y Obama? Popular en el exterior, su impopularidad entre los votantes estadounidenses ha llegado al punto en que muchos candidatos demócratas enfrascados en elecciones competitivas han declinado ofertas del Presidente para hacer campaña junto a ellos, pidiendo en cambio que lo haga la Primera Dama. La gota que derramó el vaso se presentó hace pocos días, cuando el senador demócrata Russ Feingold, conocido por su línea de izquierda, decidió que sería muy peligroso para su reelección aparecer junto a Obama en una reunión del partido en Wisconsin. Aparte de la antipatía recíproca que se profesan, cuando ya ni alguien como Feingold quiere que lo vean con Obama, porque este es juzgado como excesivamente a la izquierda en un estado que históricamente no ha tenido problema en votar por la izquierda, algo anda mal para los demócratas.

La coyuntura de Feingold ilustra muy bien el panorama actual. Un senador prestigioso, sin escándalos personales y que ha ganado tres elecciones, se encuentra virtualmente empatado con un productor de plásticos del que nadie había oído hablar. Pero este desconocido es apoyado por el Tea Party, y en estos momentos quien ignora esa fuerza lo hace por su cuenta y riesgo.

Con todo, los republicanos no deben cantar victoria desde ahora. Como un pensador dijo respecto a un tema distinto, los republicanos nunca pierden la oportunidad de perder la oportunidad.v

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