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La madre de las verguenzas

Jaime Daremblum

El affaire de Osama bin-Laden ha provocado una espiral de controversia en Pakistán, el país que albergó durante casi 6 años al jefe de al-Qaeda, sin que nadie siquiera chistara. El blanco primario de la ira del público no ha sido mayormente Estados Unidos ni tampoco la trillada confabulación de la India, sino la privilegiada casta de los generales, activos o en retiro, y, sobre todo, el controversial Directorio Inter-Servicios de Inteligencia (ISI).

Los medios en idioma inglés reflejan este giro. Un diario proclamó un día de verguenza nacional, peor que la revelación del comercio con los secretos nucleares nacionales que realizó el padre del poderío atómico pakistaní, Abdul Qadeer Kahn. Otro medio, igualmente severo, denunció que así como Libia había sido secuestrada por los Gadafi y Egipto por los Mubárak, Pakistán sufría secuestrado por una camarilla castrense que nadie había elegido para regir la nación. Finalmente, un dedo acusador apuntó a los generales que suelen hacer decisiones a espaldas del pueblo, congregados en una atmósfera de club de ricos y bebedores de whisky.

Tampoco han faltado señalamientos de negligencia e incapacidad. A los comandos estadounidenses les tomó 40 minutos realizar el operativo en el domicilio de bin-Laden en Abbottabad, después de volar en helicóptero 200 kilómetros desde la frontera con Afganistán. Entre tanto, opinó un especialista en la televisión, la respuesta de los servicios de seguridad pakistaníes, incluida la fuerza aérea, tomó más de 2 horas. “Nada menos que una catástrofe”, fue la reacción de expertos, quienes siguen preguntándose qué estaban haciendo los operadores de radares y para qué sirve la costosa flotilla aérea de las fuerzas de seguridad, por cierto sufragada por Washington.

Complicidad. Con todo, flota en el ambiente el tufo de la complicidad de algún o algunos generales y, más particularmente, del ISI, cuyos lazos con el submundo de los radicales islámicos son ampliamente conocidos. Este involucramiento se perfila cada día más como la razón de la holgada permanencia de bin-Laden, en medio de instalaciones y academias militares.

Recordemos que dichos vínculos fueron fomentados desde las épocas de la ocupación soviética de Afganistán, mediante el financiamiento y apoyo a los yihadistas que combatían contra los invasores, muchas veces con abundante ayuda estadounidense. Con el tiempo, el ISI directamente creó otros grupos, como Lashkar-i-Taiba, y se alió con clanes y tribus en la porosa frontera con Afganistán, así como en el disputado espacio de Cachemira. Este padrinazgo suele ser justificado por las autoridades en la necesidad estratégica de defenderse de la India.

De cualquier forma, las sospechas de que el ISI protegía a bin-Laden en Abbottabad, podrían encontrar mayor asidero en los próximos días con motivo del proceso que se sigue en Chicago contra miembros y colaboradores de Lashkar-i-Taiba, incluidos tres oficiales del ISI, por el ataque terrorista en Mumbai (India) en el 2008, el cual dejó 166 muertos, 6 de ellos estadounidenses. Asimismo, este vínculo directo de la inteligencia pakistaní con una de las más cruentas agrupaciones terroristas del mundo, sin duda repercutirá negativamente en la relación de Washington con Islamabad.

Recordemos que dicho vínculo ya había sido afectado negativamente por el caso reciente de Raymond Davies, un contratista de la CIA estadounidense que disparó contra dos pakistaníes que creyó le estaban robando.

Desde luego, las acciones estadounidenses en Afganistán dependen en alto grado de la colaboración de Pakistán, que, además de rutas de abastecimiento a las tropas estadounidenses, facilita espacios para los ataques con drones contra los talibanes y asociados en la zona fronteriza. De igual manera, el ISI ha posibilitado la captura de importantes figuras de al-Qaeda en Pakistán, incluido Khalid Sheik Muhamad, el planificador de los atentados del 11 de setiembre, y otros de menor perfil. Pero, en los últimos años, Washington ha presionado a Pakistán a asumir un papel más decisivo en esa lucha, escalamiento que sacudiría las complejas relaciones del ISI y las Fuerzas Armadas con individuos y grupos en Afganistán. Por su parte, Pakistán recibe sumas astronómicas en asistencia estadounidense.

Esa ayuda, sin embargo, se destina mayormente a las Fuerzas Armadas, y una vez deducido el monto para amortizar deudas, no queda nada significativo para aliviar los problemas sociales de la nación. Pero así como Washington ha procurado afinar su respaldo financiero al grado de la colaboración pakistaní, recíprocamente Islamabad también ha manejado sus acciones contra los yihadistas en función del aporte financiero estadounidense. Nada de esto contribuye a una relación fluida y sin roces entre ambos Gobiernos. Actualmente, la acción unilateral de Estados Unidos para capturar al terrorista más buscado por los hechos del 11 de setiembre, además de reflejar la desconfianza de la Casa Blanca hacia las autoridades de Pakistán, promete acrecentar las tensiones.

**País más peligroso.** Pakistán es considerado el país más peligroso del mundo. Las credenciales que sustentan este calificativo son amplias, evidentes en la multitud de asesinatos de jefes y ministros de Gobierno, figuras políticas, empresarios y toda suerte de personas caídas en el fuego cruzado del mundo delictivo y la radicalización política.

Ahora, de manera positiva, los sucesos de Abbottabad están generando un examen interno robusto y saludable, además de necesario en Pakistán. Algunos amigos en esa nación confiesan no saber en qué país viven, pues los feudos y divisiones en las instituciones fundamentales del Estado conducen a fiascos como el de Abbottabad. Asimismo, opinan que sin una acción depuradora en serio, Pakistán arriesga desenlaces más graves en el futuro.

Lo ocurrido fue claramente descrito por Ayaz Amir en su columna del diario The News, como “la madre de todas las verguenzas”.

Ojalá lo acaecido tenga un impacto correctivo en Pakistán, para el bien de una nación clave, inmersa en los torbellinos de esa crítica región asiática.

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