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Irán agita las aguas

Jaime Daremblum

Hace pocos días—junio 26—se realizó en Teherán una curiosa conferencia sobre terrorismo. Conociendo el papel de Irán en la promoción de este azote mundial, era fácil discernir la orientación del cónclave. En el fondo, de eso se trataba, pero en esta oportunidad el diseño fue más complejo, porque, atendiendo a una invitación del mandatario iraní Mahmud Ahmadineyad, los presidentes de Pakistán y Afganistán, respectivamente Hamid Karzai y Asif Sadir Zardari, celebraron con su anfitrión una vistosa cumbre.

La conferencia no produjo nada nuevo, excepto por la iniciativa iraní de crear un secretariado permanente, con la finalidad de realizar una intensa campaña mundial para redefinir el terrorismo con una fórmula anticolonialista más justa; es decir, otra plataforma para diseminar el odio jomeinista contra Occidente.

Neolenguaje. En cualquier caso, con el respaldo de Corea del Norte, Cuba, Venezuela, los palestinos, el presidente de Sudán y prófugo de la Justicia internacional Ahmed al-Bashir, así como otros paradigmas democráticos ahí congregados, emergió este intento adicional para reescribir las normas internacionales y ajustarlas al “neo hablar” orwelliano que impera en algunos foros internacionales.

De mayor interés fue la cita cimera, cuyo tema aparente era el retiro estadounidense de Irak y Afganistán, conforme al calendario anunciado por el presidente Barack Obama en su discurso del 22 de junio. En este mensaje, Obama reiteró que en el curso de los próximos quince meses se completaría la repatriación de las 33.000 tropas estadounidenses adicionales enviadas el año pasado a Afganistán.

Recordemos que la OTAN, bajo cuya bandera se realiza mucho del esfuerzo bélico en ese país, acordó finalizar sus operaciones en el 2014, incluyendo el remanente norteamericano. Además, Estados Unidos completará su salida de Irak en el presente año, pese al recrudecimiento de la violencia, y hará lo mismo en Afganistán en el 2014, a pesar de la inestabilidad que perfila prolongarse más allá de esa fecha. Algunos especialistas militares occidentales han planteado la necesidad de mantener algunos contingentes en ambas naciones, pero una alteración del calendario encontraría trabas en los países anfitriones y en Washington.

La realidad es que Obama parece haber configurado sus planes y fechas con vista a los procesos electorales que se avecinan en Estados Unidos y no a los imperativos estratégicos. Esta perspectiva no debe causar asombro, puesto que el involucramiento estadounidense en ambas guerras se ha tornado sumamente impopular. Contribuyen a esta reacción las cifras astronómicas de los presupuestos demandados por las dos guerras, sobre todo en las actuales condiciones de desempleo y grandes necesidades internas de Estados Unidos.

Pero son los miles de muertes de jóvenes reclutas, caídos en conflictos, que todavía aguardan una justificación aceptable, el factor dominante en el ánimo de los norteamericanos. Y, ¿cómo no solidarizarse con los padres y familias de hijos e hijas así sacrificados, cuando se conoce la corrupción galopante de los Gobiernos beneficiarios y, en especial, los sentimientos antinorteamericanos que los dirigentes afganos e iraquíes derraman a diario en la prensa internacional?

Completa el cuadro Pakistán, receptor de incontables miles de millones de dólares del Tesoro estadounidense y, al mismo tiempo, padrino por largos años de bin-Laden y de tantos otros promotores del terrorismo. El orgullo herido de los generales y las tensiones con Islamabad tras la captura de bin-Laden no cesan.

Con todo, en algunas dependencias oficiales en Washington se barajan planes para establecer bases permanentes en Afganistán e Irak, donde Estados Unidos ha desarrollado una amplia infraestructura que incluye modernas pistas de aterrizaje y facilidades de almacenamiento de insumos estratégicos. La suerte de estos proyectos, como antes señalamos, no está clara.

Con este trasfondo, los cleptócratas de Afganistán y Pakistán, nominalmente aliados de Washington, se reunieron en Teherán con Ahmadineyad para discutir la cooperación que la teocracia ofrece tras el retiro de Estados Unidos y, en general, la OTAN. Seguramente, la agenda no incluyó el mayúsculo envío de armas y fondos iraníes a los terroristas que libran la yihad, asesinando a occidentales pero también a nacionales de esos países. A este respecto, un amplio reportaje reciente del Wall Street Journal ha expuesto cómo una fuerza élite de la Guardia Revolucionaria iraní transfiere novedosas municiones letales a sus aliados terroristas en Afganistán e Irak.

Ambiciones de Irán. No sobra señalar que Irán ha pretendido involucrarse en los conflictos surgidos en el área, interesado en ampliar así su influencia regional a expensas de Estados Unidos. No obstante, el golfo Pérsico es una ruta estratégica que difícilmente Washington abandonaría. Además, hay diversas fórmulas de respaldo a los aliados de Estados Unidos en el golfo Pérsico, como se vio en Baréin, donde Irán intentó agitar y armar a los chiitas locales pero fracasó, en gran medida debido a la cooperación militar saudí en ese principado.

La cumbre en Teherán fue un ejercicio propagandístico dirigido a levantar la imagen del régimen en el exterior y también dentro del país. Recordemos que Irán se encuentra convulso y la autoridad de Ahmadineyad está de capa caída. La lucha interna por el poder y las cotidianas pugnas del cuestionado presidente con el ayatolá Jamenei, el jefe supremo, definen el curso político de esa nación.

Asimismo, el estancamiento económico y la insatisfacción por las condiciones políticas y materiales reinantes, amén del aislamiento financiero a causa del ilegal programa nuclear bélico, son obstáculos que difícilmente se podrían marginar al sopesar las implicaciones de la cooperación que pregona Ahmadineyad.

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