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Brasil sube; Venezuela cae

Jaime Daremblum

Un cambio dramático se está produciendo en el paisaje energético suramericano: mientras Brasil se convierte rápidamente en una potencia petrolera mundial, la influencia de Venezuela se desploma pese a su riqueza en hidrocarburos. Es el “efecto Chávez”, señala la prensa especializada.

Después de todo, no hay una buena razón para que la industria petrolera venezolana se desmorone lentamente. Sin embargo, las desastrosas políticas del chavismo han llevado al país que una vez dominó el campo de la energía en la región, a perder terreno. “Hugo Chávez está dando una lección en Venezuela de cómo destruir una industria petrolera nacional”, escribió el experto en energía Robert Rapier el año pasado.

Según datos del Banco Central, la producción (bruta) petrolera de Venezuela cayó 7,2% en 2009 y 2,2% en 2010. En este último año, sus ingresos por petróleo fueron los más bajos en siete años, en términos reales, sin que esto pueda atribuirse a problemas de precios en relación con 2009. Como señaló el periódico venezolanoEl Universal, el precio promedio del petróleo en 2010 ($72,60) superó en 27,3% el promedio de 2009 ($57,01). El problema es que “la capacidad operativa de la industria petrolera de Venezuela fue afectada significativamente por servicios petroleros deficientes (que se expropiaron y estatizaron en 2009), por el pobre mantenimiento de equipos petroleros y plataformas de embarque y un número mayor de plantas cerradas”.

La escasez de adecuada capacidad operativa impedirá a Venezuela aprovechar plenamente su potencial petrolero. La OPEP anunció hace unos meses que el país ahora tiene más reservas de petróleo comprobadas que ningún otro, incluyendo Arabia Saudí. Estas reservas habrían aumentado más de 40% (de 211.200 millones de barriles a 296.500 millones) entre 2009 y 2010.

Incluso si estas cifras fuesen sólidas, deben contextualizarse. Jorge Piñón, expresidente de Amoco Oil Latin America, explicó al Miami Herald que el crudo extrapesado representa aproximadamente un tercio de las reservas totales de Venezuela. Esto plantea un gran problema a Caracas, porque este tipo de petróleo es más difícil, y más costoso, de extraer, refinar y transportar.

Con Chávez, además del notable deterioro de su infraestructura petrolera, el país también sufre una acelerada inflación: The Latin Business Chronicle calcula que en el 2011 alcanzará el 25,8%, la tercera más elevada del mundo. No obstante, el régimen chavista sigue endeudándose masivamente para financiar sus derroches. El país ha firmado alrededor de $32.000 millones de “préstamos a cambio de petróleo” con China. En abril, el analista de BCP Securities Wálter Molano calculó que esos tratos estaban causando que Venezuela perdiera “casi la mitad de los ingresos petroleros que estaban generándose a fin de atender sus obligaciones de deuda externa”.

Caracas espera que las principales compañías petroleras extranjeras inviertan en sus proyectos de la faja Orinoco, pero esas compañías están preocupadas, justificadamente, por la pésima infraestructura de Venezuela, su inexistente Estado de derecho, su inestabilidad política y el impuesto adicional a las ganancias petroleras que Chávez decretó hace seis meses. “No hay signos positivos sobre las condiciones para invertir” dijo a Reuters un ejecutivo petrolero.

¿Cómo sorprenderse? El índice mundial de competitividad 2011-2012 del Foro Económico Mundial ubicó a Venezuela en el último lugar entre 142 países en cuanto a la calidad de sus instituciones, en la repercusión del ambiente de negocios en la inversión extranjera directa, en la eficiencia general del mercado de bienes y la del mercado laboral. Asimismo, el índice de facilidad para hacer negocios (2011) del Banco Mundial, clasificó a Venezuela varios lugares detrás de Irak y Afganistán.

Por su parte, el clima empresarial brasileño está lejos de ser ideal, pues lo plagan altos impuestos, engorrosos reglamentos, corrupción descontrolada y deficiente infraestructura. Pero aun con estas flaquezas, Brasil ha estado ejecutando políticas económicas pragmáticas durante casi dos decenios, y es un destino de inversiones mucho más atractivo que Venezuela.

La existencia de enormes reservas petroleras en el subsuelo o las aguas jurisdiccionales de un país, es fruto del azar; mas cómo utiliza una nación sus recursos de energía depende del liderazgo político.


Al tiempo que PDVSA, el estatizado gigante petrolero venezolano, ha sido diezmado por el incompetente manejo chavista, la brasileña Petrobrás, de propiedad parcialmente estatal y con accionistas privados, ha sido muy exitosa. El experto en energía Robert Bryce ha explicado que “Petrobrás se ha incorporado a la élite de la energía mundial haciendo lo que la mayoría de las otras empresas petroleras nacionales rehúsan hacer, incluyendo vender acciones al público” (por ejemplo, su oferta pública en setiembre del 2010 generó $70.000 millones, un verdadero récord). “Y mientras muchos otros exportadores grandes de petróleo, en particular de la OPEP, rechazan revelar sus datos de producción o publican números ficticios, Petrobrás emite frecuentes comunicados de prensa sobre los últimos desarrollos dentro de la empresa, incluyendo tendencias de producción, condiciones financieras y nuevos descubrimientos”, agregó Bryce.

Hablando de nuevos descubrimientos, los recientes hallazgos de Brasil están entre los mayores de los anales históricos. “En los próximos 10 años”, escribe al periodista Kenneth Rapoza, “la industria de petróleo y gas en todo el mundo invertirá unos $3.000 millones en la exploración y extracción petrolera. De eso, alrededor de un tercio se invertirá en Brasil”. Según calificados análisis, la producción diaria brasileña podría ser más del doble para el 2020, superando 5 millones de barriles. Tal crecimiento sería como agregar otro Kuwait a la producción mundial de petróleo. Siendo ya uno de los productores líderes de etanol en el mundo, Brasil podría ser el cuarto productor mundial de petróleo (detrás de Estados Unidos, Arabia Saudí y Rusia).

La lección fundamental del ascenso de Brasil y el desplome de Venezuela no es nada complicada: el capitalismo democrático conduce al progreso económico, en tanto el socialismo bolivariano lleva a la ruina. Afortunadamente, como señaló The Economist el pasado mes de julio, el modelo brasileño en favor de mercado “es ahora la fórmula de moda en la región” y “la marea de la historia latinoamericana se ha volteado contra el señor Chávez”. Desafortunadamente, para los venezolanos, estarán viviendo con las consecuencias del chavismo durante muchos años.

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