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Elecciones en México

Jaime Daremblum

Temprano en la actual campaña presidencial de México, los pronósticos electorales ubicaron en primer lugar al candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, por un margen contundente. Este vaticinio se mantuvo hasta hace cuatro meses, cuando se observó en los sondeos una caída en la ventaja del postulante del PRI, del 47,3 % al 41,9 %.

Hoy, a escasos días de las elecciones, ya no es dable vislumbrar con toda claridad el dominio de Peña Nieto. Razón primordial de esta erosión han sido las reiteradas acusaciones formuladas en su contra por organizaciones universitarias y de la sociedad civil, que lo consideran un representante maquillado del viejo y corrupto PRI.

Un factor coadyuvante de ese desplome ha sido el cambio en la campaña del socialista Andrés Manuel López Obrador, del Partido Revolucionario Democrático (PRD), quien entre abril y mayo pasó al segundo lugar al subir de 24,2% a 29,7% en el promedio de nueve encuestas, algunas de las cuales registraron una diferencia de solo unos pocos puntos porcentuales con el candidato del PRI. Para lograr este salto, López Obrador se vio forzado a dar un giro hacia una posición más moderada, mostrándose menos conflictivo y comprometiéndose a respetar los resultados de las elecciones, sin los graves disturbios protagonizados hace seis años.

A poco más de una semana para que se abran las urnas, continúa siendo una incógnita si esta “nueva postura” le dará el triunfo, aunque por ahora al menos evidencia que el electorado mexicano demanda moderación en sus líderes.

Josefina Vázquez, del oficialista Partido Acción Nacional (PAN), descendió del segundo al tercer puesto. En el promedio de las encuestas de diferentes firmas, pasó de 27,2% a 25,3% en un mes. Algunos analistas consideran que los tropiezos en la campaña de Vázquez Mota tienen origen interno y que ahora las baterías se apuntan más bien a propiciar una transición “armoniosa” con el PRI, que incluye importantes acuerdos para aumentar los presupuestos de los estados donde gobiernan estos partidos. Pero la candidata del PAN tiene espíritu combativo y fue considerada por los medios como la ganadora del segundo debate presidencial, en el que atacó con firmeza a López Obrador, lo cual ha reanimado sus huestes para el cierre.

**Seguridad ausente.** Curiosamente, el tema de seguridad ha sido el gran ausente en la campaña publicitaria y en el cual todos los candidatos se han mostrado esquivos.

Esto refleja, posiblemente, la complicada naturaleza del problema, pues si bien la sociedad mexicana está agotada por la violencia demencial de los carteles de la droga en su lucha contra las autoridades, tampoco es dable ignorar el problema.

Con todo, en los últimos días los candidatos han comenzado a darle más relevancia a la lucha contra las drogas. En ese sentido, para contrarrestar la percepción de que sería suave con los carteles, Peña Nieto presentó la semana pasada al exdirector general de la Policía Nacional de Colombia, Óscar Naranjo (quien participó en el desmantelamiento de peligrosas redes de narcotráfico durante su carrera de 36 años), como su asesor de seguridad.

A su vez, López Obrador ha puesto más énfasis en su enfoque, al que denomina “Abrazos, no balazos”, y los tres postulantes han coincidido en darle mayor vigencia a la Policía con la conexa reducción en el papel del Ejército.

Debate sobre reformas. Además de las consabidas promesas de empleos, crecimiento y programas sociales propias de toda campaña, el debate se ha centrado en si se requieren o no reformas estructurales para que México continúe avanzando. López Obrador sostiene que no hacen falta reformas, en contraste con lo que predican Peña Nieto y Vázquez Mota.

Uno de los ejemplos más claros de estas diferencias gira en torno a la empresa estatal Petróleos Mexicanos (Pemex). Las propuestas del PRI van enfocadas a una reforma que mantenga la propiedad pública, a la vez que se pueda modernizar la industria con mayor participación de la inversión y tecnología de compañías privadas, al estilo de Brasil con Petrobrás. Esto continúa una línea ya seguida, en lo esencial, por el Gobierno actual.

Por su parte, López Obrador ha recurrido al argumento de que esas son formas de privatización y propone no exportar más crudo, construir cinco refinerías públicas para dejar de importar gasolina, ahorrar costos en fletes y bajar el precio de gasolina, diésel, gas y energía eléctrica en beneficio de consumidores y productores.

Pero, en la mejor tradición populista, no ha explicado cómo lograr esos objetivos sin reformar los ineficientes mecanismos actuales.

Las cercanas elecciones encuentran a México en una coyuntura muy especial. Consolidar la democracia electoral es uno de sus propósitos, pero, además, está en juego la continuidad de un modelo que incorpora políticas orientadas a la estabilidad y responsabilidad fiscal, las cuales mantienen bajo control la inflación y devaluación, a diferencia de lo ocurrido en los años noventa. Asimismo, la expansión de servicios de educación y salud han permitido reducir la pobreza y desigualdad en la última década.

También se han generado oportunidades de comercio y atracción de inversiones que han posibilitado nuevos polos de desarrollo en actividades de valor agregado.

Además, han alentado una clase media cada vez más amplia e interesada en que la segunda economía de Latinoamérica y la número catorce a nivel mundial continúe por la senda de la modernización y la competitividad.

Tomar otro rumbo podría resultar aventurado y contraproducente, especialmente por la difícil coyuntura económica mundial. Profundizar las medidas que ya están dando frutos abriría oportunidades para el tercio de la población que aún vive en pobreza.

No hay duda que ahora el pueblo mexicano tiene en sus manos una decisión crítica.

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