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Drama en Corea del Norte

Jaime Daremblum

El final de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo la materialización de la era atómica. Los bombardeos estadounidenses en Hiroshima y Nagasaki, seguidos por la competencia nuclear planteada por la URSS, marcaron sin duda un hito histórico.

Este fenómeno fue, asimismo, un elemento esencial de la Guerra Fría, que enmarcó las relaciones entre la alianza occidental y el bloque soviético. Como sabemos, a finales de la década de 1980 se produjo la implosión de la URSS y la consiguiente desarticulación del campo comunista.

Dicho desenlace alentó las esperanzas de un surgimiento democrático en las exrepúblicas soviéticas y, ojalá, el final de la carrera nuclear con su conexo armamentismo. Sin embargo, el epílogo no estaba claro debido al control ruso sobre partes claves del arsenal soviético.

En todo caso, comentaristas del tema nuclear analizaron el diseño internacional imperante y concluyeron en denominarlo MAD, que en inglés sugería locura, sigla de Destrucción Mutua Asegurada.

De acuerdo con esta caracterización, el sistema bipolar enfrentaba a dos potencias predominantes y antagónicas (Estados Unidos y la antigua URSS), cada una con la capacidad de asestar un contragolpe masivo en respuesta a un ataque de la otra.

La descripción del sistema, empezando por su sugestiva designación, se completaba con la respectiva pirámide de naciones subordinadas y protegidas bajo el “paraguas” nuclear de la líder correspondiente.
Dicho esquema, propio de la Guerra Fría, aseguraba una represalia mortal a la potencia agresora gracias a la capacidad protegida de la agredida.

Este diseño implicaba que tanto Estados Unidos como la URSS poseían arsenales protegidos que garantizaban el contragolpe respectivo. Washington, por ejemplo, además de silos profundos y endurecidos para que sus misiles sobrevivieran un ataque, poseía una diversidad de armamentos de represalia instalados en submarinos que constantemente navegaban los océanos. Moscú, a su vez, confiaba en misiles ocultos en las inmensidades territoriales de su Imperio.

Sin embargo, el sencillo y preciso mecanismo del MAD, que en mucho evocaba la mecánica del sistema político mundial del equilibrio del poder, con el paso del tiempo reveló flancos débiles, capaces de frustrar su operación.

Por ejemplo, al centrarse en dos únicos actores, el MAD pecó de omisión con respecto a potenciales adversarios desconocidos, como podría suceder con algún adquirente de poderío nuclear interesado en desestabilizar el orden imperante. Ese aventurero estratégico fue denominado el país X.

En estos momentos, la figura de la nación X ha sido utilizada con frecuencia en el debate en torno a las amenazas nucleares de Corea del Norte. Sin embargo, no parece correcto ni esclarecedor el uso indiscriminado de la fórmula del país X en el presente contexto, sobre todo adornada con titulares respecto al MAD de la era nuclear.

La supuesta omisión en el diseño del MAD que posibilitaría una acción como la norcoreana derivaba de las severas limitaciones para obtener tecnología resguardada por un impenetrable secreto. Además, la obra final demandaría presupuestos imposibles.

Los episodios de espionaje que facilitaron el camino atómico a la URSS, revelados poco después de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, más bien acentuaron la percepción de las dificultades involucradas en un proyecto de esta naturaleza.

No obstante, los analistas persistieron en el tema del país X, una nación de rostro ignorado pero capaz de desarrollar una bomba pequeña pero inmensamente poderosa. En otras palabras, desde un artefacto en una maleta de viaje hasta algo más sofisticado sobre las espaldas de un pequeño misil, el tema del equipo nuclear era, y sigue siendo, una aventura temible, con consecuencias devastadoras.

Los postulantes más populares en épocas de la Guerra Fría pertenecían al mundo árabe, muy conectado entonces con la URSS y dueño de arcas desbordantes de dólares. La narración de este desenlace solía incorporar a un malévolo actor (posiblemente un individuo o una célula terrorista) internacional encubierto por un país dotado de medios y con simpatía por actores antiimperialistas demoniacos.

Ahí sobresalieron como candidatos gobernantes, en su momento, Sadam Husein y Gadafi, y del lado del elenco militante una lista interminable y poco seria.

El desplome soviético hacia finales de la década de los años 80, marcó el inicio de una era de alianzas cambiantes y la disminución de la nómina terrorista.

En todo caso, la prominencia de algunos países árabes decayó, pareja con el ocaso de Gadafi y del mismo Sadam Husein. Y fue de este enmarañado panorama que vino a luz el mercantilismo atómico de Pakistán y, menos conocido, el de Corea del Norte.

El protagonismo norcoreano en el capítulo de las armas atómicas ha sido un factor clave del chantaje internacional impulsado inicialmente por Kim Il-sung, a la postre dictador de Corea del Norte. Le corresponde ahora a su descendiente, Kim Jong-un, el joven de 28 años de edad que el régimen presenta como un estadista maduro y de fuerte talante, hacer el papel del chantajista. Entre tanto, nadie ha chistado siquiera sobre el papel de Irán en este episodio tan venido a menos.

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