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General de mil batallas

Jaime Daremblum

Conocí a Ariel Sharon en Jerusalén, a finales de los años 80, cuando formaba parte del gabinete del primer ministro Yitzhak Shamir. Me acompañaron mi esposa y una pareja de amigos de la Cancillería israelí que habían concertado la entrevista.

Cuando empezamos la conversación, Sharon interrumpió para preguntar si tomaríamos té. Él mismo se encargó de servirlo, empezando por las damas. Todo esto con una suavidad que contrastaba con la figura imponente del legendario general.

No es fácil escribir sobre su vida, trunca hace pocos días al cabo de siete años de permanecer en coma en un hospital a raíz de un derrame cerebral. Las innumerables notas luctuosas y los recuentos biográficos que publicó la prensa mundial atestiguan la prominencia de Ariel Sharon en la historia de Israel.

Sin embargo, al admirar sus importantes logros, también resulta ineludible recordar las serias controversias que provocó a lo largo de sus años en la vida pública como general y estratega militar, así como político y estadista.

El balance de sus éxitos y controversias produce un alto grado de incertidumbre para numerosos biógrafos y comentaristas. Muchas de las versiones que circulan de la vida de este extraordinario personaje subrayan el carácter muchas veces indescifrable de sus ideas y acciones. Abonan su opinión con la naturaleza sorpresiva de algunas tácticas militares adoptadas en batallas decisivas de la Guerra de Yom Kipur, en la campaña del Líbano y la lucha contra el terrorismo, particularmente el regido por Arafat.

Las imágenes de Sharon en plena avanzada durante la Guerra de Yom Kipur, con el trasfondo del Canal de Suez, así como aquellas en la guerra del Líbano, a poca distancia del lugar donde se refugió Arafat en Beirut, son sumamente significativas. Más aún: resultaron emblemáticas de distintas etapas en la vida del estratega por excelencia. El fulminante contraataque a Egipto en la campaña de Yom Kipur, en 1973, destacó al brillante líder militar.

Por otra parte, la guerra contra los terroristas en el Líbano, en 1982, dejó un legado de polémicas en torno a la matanza de palestinos en los campamentos de Sabra y Shatila, por las Fuerzas Cristianas libanesas aliadas de Israel. La turbulencia mundial que este capítulo generó, motivó la separación de Sharon de sus cargos militares y políticos. No obstante, la campaña en el Líbano desembocó en la expulsión de Arafat y sus allegados a Túnez.

Con todo, ulteriormente Sharon fue nombrado ministro de Agricultura en el gobierno de unidad presidido por Shamir, y, luego, ministro de Defensa en el gabinete de Benjamin Netanyahu. Su ascenso político prosiguió hasta llevarlo a primer ministro.

El epílogo del embrollo en el Líbano lo marcó un artículo en la revista Time que aseveró que Sharon había dado su consentimiento previo a las milicias cristianas para la incursión –y masacres– en los citados campamentos palestinos cercanos a Beirut. Poco después, Sharon demandó judicialmente a Time , la cual se retractó y debió pagar una suma importante de compensación.

Un amigo cercano le expuso a Sharon lo que, según consideraba, era el corolario de la aventura en el Líbano: no marginar a Estados Unidos ni tampoco adelantarse a la opinión pública de Israel. Sharon asimiló la experiencia. Fue a raíz de esa conjunción de eventos que Sharon inició un viraje hacia el centro de las corrientes políticas hebreas. Su acomodo en el epicentro de la tumultuosa congregación de opiniones y criterios de la política cotidiana se tradujo en triunfos electorales hasta culminar en el polémico retiro unilateral de Gaza en el 2005.

La trascendencia de Sharon pudo apreciarse en la multitudinaria presencia de israelíes de diferentes colores ideológicos en los rituales fúnebres del ex primer ministro la semana pasada. Una larga lista de Gobiernos y gobernantes de todo el mundo acudió al funeral. Todos dieron con su presencia testimonio de la amistad con quien, en opinión de calificados observadores, fue y será recordado en el futuro como el David de su patria.

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