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Obsesiones del poder

Jaime Daremblum

El presidente estadounidense, Barack Obama, no ha logrado consolidar la confianza de muchos de sus conciudadanos.


 


Orador de altos quilates, durante su primera elección presidencial (2008) atrajo masas dentro y fuera de su nación. Esta calidad le permitió, en medio de una reñida lucha en las urnas contra un héroe y senador de Estados Unidos, convertirse en superelocuente líder en Europa y ganador del Premio Nobel de la Paz.


 


La cadena de discursos y la agilidad de su motivada estructura demócrata le depararon un triunfo respetable (5%) en los sufragios de ese año.


 


Inaugurado como presidente de Estados Unidos al inicio del 2009, despertó esperanzas de una gestión merecedora del honor recibido. Sin embargo, los tiempos cambian. Inicialmente, sus yerros fueron atribuidos a la impericia del principiante. Pero, conforme el tiempo avanzó, la calificación del público descendió también.


 


Cabe destacar que la política exterior no ha constituido una carta triunfadora del novel mandatario. Tampoco su visión sobre los países en vías de desarrollo brilló, ni sus giras por el exterior depararon un “gracias” de Latinoamérica y otras regiones.


 


El tema de la popularidad generada por reuniones cimeras con sesudos y brillantes mandatarios no caló para el emergente jerarca norteamericano. Sin embargo, ahora en apuros por la baja aprobación de su trabajo, decidió jugársela por la vía rápida del sensacionalismo. La vía escogida fue la de reunirse con el presidente iraní Rouhaní durante la visita a las Naciones Unidas en Nueva York


 


Esto, sin embargo, no resultó fácil. El pensamiento de los estrategas de Obama era que Rouhaní estaría ansioso de estrechar la mano del presidente de Estados Unidos. Esta opción no prosperó porque los magos de la Casa Blanca no tomaron en cuenta que en Irán existe una correntada importante del conservadurismo islámico cuyo credo empieza y termina con asesinar a norteamericanos.


 


Faltaría también en este análisis el dictamen del ayatolá supremo, Khamenei, enemigo declarado de favorcitos a los yanquis. Cuando este cuadro emergió, los acompañantes del presidente Rouhaní endurecieron su oposición a los apretones de manos. Lamentablemente, y he ahí la tragedia de esta historia, Barack Obama y sus técnicos insistieron en materializar la microrreunión, por breve queesta fuera.


 


Se produjo así la torpeza de perseguir a Rouhaní, siquiera para un brevísimo saludo telefónico con Obama. Ante la avalancha de presiones, los persas finalmente convinieron en el pequeño saludo.


 


Así, los fotógrafos y operadores de televisión, captaron solo a Obama pegado al teléfono en la Casa Blanca, y en menos que canta un gallo acabó el diálogo con Rouhaní mientras este viajaba al aeropuerto.


 


El riesgo de que un inquisitivo reportero norteamericano pescara la patética persecución para decir hola y adiós no seria una prenda honorífica para la Casa Blanca.


 


En realidad, la búsqueda de honores muchas veces desemboca en fiascos.

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