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Mandela y los judíos

Jaime Daremblum

La muerte de Nelson Mandela nos ha llenado de pesar. Perseguido largos años por el inmenso pecado de oponerse a los violadores de los derechos fundamentales, Mandela llegó en sus años de mayor madurez a pregonar la doctrina de no infligir a los enemigos lo que no deseamos que nos ocurra a nosotros.

Esta perspectiva fraternal se nutre de enseñanzas surgidas a lo largo de miles de años. Sin embargo, hasta hoy día hay quienes abusan del poder y la autoridad para anular a los contrarios. Y no es menos lamentable que la tendencia autocrática aparezca en muchos que osan jactarse de profesar el pluralismo democrático.

Mandela fue, sin duda, un paradigma de la resistencia al racismo del apartheid del régimen sudafricano. En el pasado reciente se pensaba que los prisioneros de conciencia eran un producto original del totalitarismo soviético. El Gobierno de Pretoria probó con creces que la política del odio y el escarnio no tenía etiqueta de exclusividad. Mandela, con su heroísmo, devino en una figura gigante de la resistencia al racismo, una lucha constante contra el nazismo, el fascismo y el comunismo soviético y sus ideas compartidas por una larga lista de dictaduras en distantes puntos del globo.

En su juventud, Mandela obtuvo su primer empleo con una afamada firma de abogados. La inconformidad de algunos socios del bufete con la contratación del joven negro, prohibida por ley, venido de una barriada misérrima, sumida en el hambre y las enfermedades, la frenó el miembro de la firma que contrató a Mandela. La firmeza del jurista quedó marcada en la memoria del nuevo empleado, así como el hecho de que su benefactor era judío.

A lo largo de aquellos años del apartheid , Mandela hizo amistad con muchos judíos que, calladamente, y otros mucho menos discretos, le brindaron apoyo a su causa y, más tarde, al Congreso Nacional Africano que hizo bandera del pensamiento de su dirigente.

La colaboración judía fue de inmensa importancia durante la lucha contra el Gobierno y, más tarde, cuando le impusieron una pena de cárcel de por vida. Los cambios políticos promovidos por Mandela para acabar pacíficamente con el apartheid fructificaron.

En 1990 Mandela fue invitado por Estados Unidos para una visita oficial. En diferentes foros Mandela subrayó su agradecimiento a la comunidad judía sudafricana por su ayuda durante los 27 años de prisión que sufrió. El éxito del viaje a Estados Unidos, no obstante, fue opacado por el malestar de la comunidad cubana por el abrazo de Mandela con Fidel Castro. También la bienvenida del conglomerado judío fue tibia por la estrecha amistad de Mandela con Arafat.

Mandela, en diversos foros y reuniones, antes y después de su visita a Estados Unidos, explicó con serenidad que en las condiciones sufridas durante su larga estadía en prisión, y durante muchos años antes, había recibido apoyo de la Comunidad Judía Sudafricana. Su gratitud, dijo Mandela, lo comprometía en ese momento y después a reciprocar el caudal de cariño que los judíos le brindaron.

No obstante, Mandela insistió en tener también una deuda de gratitud con Arafat por haberlo respaldado durante esa difícil prueba. Apeló, asimismo, a la comprensión de los judíos de Sudáfrica y al Estado de Israel, conocedores de la dureza de ciertas épocas en que el apoyo de amigos y organizaciones se torna vital. Reiteró la observación de que, en momentos en que Israel sufría un extenso embargo, la relación con el régimen de Pretoria fue un alivio, por lo que él –Mandela– no guardaba resentimiento. Sobre los vínculos con Fidel Castro y Gadafi, dio una explicación similar.

Desde luego, la tranquilidad espiritual, su paz consigo mismo y la claridad de sus vínculos con individuos y Gobiernos pesaron favorablemente en la imagen del líder sudafricano. Para todos sus amigos, incluyendo a Israel y los judíos, hubo siempre expresiones de gratitud. Mandela fue y será siempre la imagen de la justicia y la equidad.

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