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Rasputín en Caracas

Jaime Daremblum

Algún comentarista de la época escribió que la zarina rusa, Alexandra, sentía un amor maternal por Rasputín, el diabólico trapero que creyó ser un iluminado y que, de acuerdo con ella, aliviaba a su hijo en su dolencia. En ese papel, Rasputín prostituyó la casa de los Romanov con sus curaciones hipnóticas, sus prédicas seudoteológicas y sus legendarias bacanales. Los nobles de Moscú, alarmados por la influencia destructiva de Rasputín en la casa real, le tendieron una trampa y lo asesinaron. Las crónicas señalan que se necesitó una rayería de puñaladas para finalmente acabar con su vida.

Rasputín viene a la mente a raíz del ascenso a la vicepresidencia venezolana del radical Tareck El Aissami. Un “pico de oro”, este personaje suele caer en trance al autoescucharse recitar el credo chavista salpicado con Fidel y Lenin.

Un portavoz de Maduro, al anunciar el arribo de su hallazgo, predicó : “Somos irreductibles en nuestros principios. Nunca nos verán transando con la derecha en nuestros principios revolucionarios. No podemos defenderlos a ustedes con medias tintas”.

El problema es que los monjes del poschavismo parecieran no escuchar los reclamos de una población hambrienta y amordazada por los órganos represivos del régimen. En particular, el pueblo de Venezuela es víctima de una megainflación que torna ilusorios los tipos de cambio e insignificantes algunos retoques de política monetaria. Es una nación en crisis que se enfila a una catástrofe económica. Qué tristeza.

En Washington, algunos académicos y funcionarios de la Administración se preguntan, ¿será Maduro un títere de los extremistas que él mismo cultivó? Un colega curtido en los enredos político-castrenses de Latinoamérica apuntó a una posible treta de Maduro para hacer durar su mandato. Ubicar a El Aissami a un paso de la presidencia, plantea la interrogante de si Maduro no intenta afianzar su anémico mando mostrándoles a los venezolanos lo que se les vendría encima si acaso lo tumban a él. En otras palabras, que él –Maduro– es mucho mejor que los uniformados aguardando turno en Miraflores.

Para quienes dudan de la jugarreta, bien les caería indagar en algún prontuario histórico lo ocurrido con el zar después del asesinato de Rasputín. ¿Pensará Maduro que el frangible respaldo del pueblo venezolano duraría hasta que El Aissami desaparezca del mundo de los vivos? O ¿que El Aissami, confabulado con la ñángara caraqueña, trama liquidarlo a él para hacerse de la presidencia? Dudas y más dudas. En los antiguos dominios de Hugo Chávez, nada es verdad ni es mentira. Lo único cierto es el sufrimiento de nuestros hermanos venezolanos.

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