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Commentary
La Nación (Costa Rica)

Presidenta de Brasil impone estilo de gobierno

Llegó al poder como "heredera política", escogida a dedo por el anterior presidente del país, lo cual causaba sospechas de que sería una marioneta en manos de este, una figura muy influyente y deseosa de conservar el poder. Pero, en unos cuantos meses, la nueva presidenta ha logrado dar su impronta particular a la gestión de gobierno, con un estilo sobrio, muy gerencial, y la firmeza para tomar decisiones técnicamente sólidas, apartándose incluso de elementos centrales de la política exterior seguida por el anterior mandatario.

Esto le ha permitido disipar los temores de que –a pesar de su participación en el Gobierno previo– había generado su relativa falta de experiencia, y lograr que la mayoría de la población esté satisfecha con su trabajo.

Así, aunque tuvo que enfrentar el costo de la crisis política causada por acusaciones de corrupción contra jerarcas del Gobierno muy conocidos, en la más reciente encuesta la nueva mandataria alcanzó un índice de aprobación del 49%.

Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, ha sabido marcar distancia del expresidente Lula da Silva en algunos asuntos de su interés, pero, a la vez, darles continuidad e impulso a los grandes temas de fondo que han dado protagonismo a su país a escala mundial.

Firmeza.

La mandataria Rousseff se distingue por haber actuado con firmeza contra la corrupción, al punto de que, por cuestionamientos públicos, prescindió del influyente jefe de Gabinete Presidencial, Antonio Palocci, quien había sido además su jefe de campaña electoral y una de las figuras recomendadas por el expresidente Lula para acuerparla durante su mandato.

Dilma también ha venido desarticulando toda una red de fraudes con licitaciones en el Ministerio de Transportes, en la que estaban involucrados altos funcionarios de la entidad. No dudó en despedir al ministro, a pesar de que lo heredó de Lula y que representaba al Partido de la República (PR), una de las diez agrupaciones que conforman la alianza que el Gobierno necesita para el manejo en el Parlamento.

Este ministerio desarrolla millonarios planes de movilización urbana, modernización de aeropuertos y obras en general, como preparación para el próximo Mundial de Futbol (2014) y los Juegos Olímpicos (2016). Así que, además de estratégico, esto lo convierte en un ministerio muy atractivo. En la designación del nuevo ministro, la presidenta también estampó su sello al escoger una persona que no era del agrado del PR.

Con el tercer cambio de ministro, esta vez en el Ministerio de Relaciones Institucionales, que coordina con partidos políticos aliados, oposición y el Congreso, Rousseff demostró una vez más su autonomía y terminó de salirse de la sombra del anterior Gobierno.

Así, la presidenta brasileña confirma su habilidad para depurar el gabinete y cambiarle la cara, con nuevas ministras de su confianza a cargo de los dos ministerios más cercanos a la presidenta e importantes a nivel político, como son el de Relaciones Institucionales y la Casa Civil (jefatura del Gabinete). Pero, además, la mandataria envía una señal muy clara sobre el ejercicio del liderazgo, haciendo valer su decisión por encima de las posiciones de los partidos políticos que componen la alianza de gobierno. En ese tema, muchos analistas señalan que Rousseff superó al expresidente Lula, quien era proclive a "ignorar" los problemas de corrupción, pero, aún más importante, es que la presidenta no se muestra insegura o titubeante respecto a grandes decisiones. Esto le permite transmitir confianza a su gabinete y claridad sobre el rumbo del Gobierno.

De gran importancia es el giro que le dio a la política exterior de Brasil en relación con Irán, al pronunciarse inequívocamente en contra de todas las dictaduras y a favor de los derechos humanos, apartándose de la condescendencia mostrada por Lula.

Así, por primera vez en ocho años, Brasil votó en las Naciones Unidas a favor de una resolución para investigar las violaciones de los derechos humanos del régimen de los ayatolás.

La figura de la presidenta Rousseff también se ha consolidado por dar continuidad y profundizar acciones estratégicas para la economía y el desarrollo social, como la iniciativa para sacar a 16 millones de brasileños de la pobreza extrema.

Destaca aquí, en particular, la ampliación en 800.000 familias del programa para dar mayor acceso a la educación a las familias pobres, además de aumentar de 3 a 5 los hijos beneficiarios por familia, permitiendo así favorecer con ese programa a 1,3 millones de niños más.

Con estas y otras acciones decisivas, la presidenta ha demostrado que la condición de "heredera política" y otras más alusivas a la sombra de su antecesor, no son obstáculos infranqueables para actuar con firmeza y eficiencia en el manejo político que necesita el país.

Un ejemplo para otros líderes en Latinoamérica, y un motivo de orgullo para los brasileños.