SVG
Commentary
La Nación (Costa Rica)

La Rusia de Putin

Detail of a placard depicting Joseph Stalin and Russian President Vladimir Putin on the Maidan camp on Independence Square in Kiev, July 28, 2014. (SERGEI SUPINSKY/AFP/Getty Images)
Caption
Detail of a placard depicting Joseph Stalin and Russian President Vladimir Putin on the Maidan camp on Independence Square in Kiev, July 28, 2014. (SERGEI SUPINSKY/AFP/Getty Images)

Dmitry Shostakovich, el célebre compositor y pianista ruso, recibió el anuncio de una cita con Stalin que el músico no había solicitado. En aquellos años, una reunión con Stalin no era necesariamente una fuente de alegrías. Por el contrario, corrían historias de convites tras los cuales los invitados desaparecían. Desde luego, nadie se atrevía a preguntar por ellos. Esa era la fama del todopoderoso Stalin, el hombre de hierro que, con mano dura y cruenta, forjaba su singular despotismo.

Con ese trasfondo, Shostakovich temblaba de pánico de solo pensar en la reunión. Así lo confesó a unos pocos amigos. En todo caso, acudió puntualmente al despacho del generalísimo en el Kremlin. Contrariamente a lo que esperaba, Stalin se mostró amable y habló sobre el mundo y el arte. Y así consumió el escaso tiempo disponible. Cuando llegó el momento de levantarse y partir, de camino a la puerta de la sencilla oficina, suavemente Stalin le dijo al músico que algunos amigos del Partido se habían quejado de sus composiciones porque no contenían melodías fáciles de tararear. Y nada más dijo el anfitrión.

En ese instante, el pobre Dmitry, para sus adentros, ligó la cita que recién concluía con las duras críticas que, en esos días, la prensa soviética dirigía contra sus obras. El temor profundo que inspiraba un breve encuentro con Stalin reflejaba el terror y la soberbia criminal que se atribuía al gobernante. Su poder absoluto también consumía las mentes de los mandamases de bajo nivel que aspiraban a convertirse en una nueva edición del incomparable Stalin, el zar indiscutible.

Guía silencioso. Hoy, para el mundo democrático, Stalin es una memoria sombría, el amargo recuerdo del autócrata inclemente que se ufanó con Churchill de haber liquidado millones de rusos opuestos a la colectivización agrícola. Sin embargo, en el presente, Stalin también es el guía silencioso de un aparato decisorio, abocado a restaurar la influencia global de la Gran Rusia, dotada de una economía pujante y con libertades cívicas altamente fiscalizadas. En este retrato, Vladimir Putin es el presidente legitimado por elecciones competidas, aunque, en la práctica, es el rector omnímodo de Rusia.

No obstante, Putin también es conocido como jefe de una oligarquía de amigos que aprovecha las contrataciones gigantescas para repartir el fruto de la corruptela imperante en esos círculos y posiblemente más allá. No sorprende, entonces, que académicos del Oeste se ocupen de los vicios que tienden a resquebrajar el aparato ruso.

Este ha sido el caso de la profesora Karen Dawisha, de la Universidad Miami en Ohio, autora de un nuevo libro que ya es estrella en las librerías: La cleptocracia de Putin: ¿Quién es el dueño de Rusia? (traducción del título original de la obra en inglés). El libro llama la atención del lector sobre el amplio menú de las fuentes donde se nutre la voracidad: los permisos para operar en Rusia de compañías locales y extranjeras, contratos para obras estatales, privatización de empresas estatales, lavado de dinero, y así podemos continuar en una larga lista. Estos ingresos pasan a los oligarcas y, por supuesto y de alguna manera, a Putin.

Los amigos –y socios– del presidente destacan por el lujo y calidad de su ropa, y lucen relojes de pulsera que cuestan en las joyerías $170.000, y posiblemente más. No menos revelador es el monto en que se estima la fortuna personal de Putin: $40.000 millones. De estas amistades se espera una lealtad absoluta al presidente. Quienes desafíen esta regla (no escrita, desde luego) encaran durísimas consecuencias, como ha ocurrido con Mikhail Khodorkovsky, quizás el más conocido, pero hay muchos más.

Además de libros, hay una nutrida cosecha de reportajes y artículos, en especial de escritores y académicos del Oeste, por supuesto. Referimos al amigo lector, por ejemplo, a David Remnick ( The New Yorker ), con “Watching the Eclipse”; asimismo, a Anne Applebaum ( The New York Review of Books ), con “Putin’s Kleptocracy”.

Y, así, podríamos continuar en este largo trecho.